Su mejor amiga desapareció el día de su boda y dejó solamente una nota
La mañana de su boda, Elena despertó incluso antes de que sonara el despertador. Apenas había dormido, pero no se sentía cansada. Desde la ventana de su habitación, podía ver el jardín donde, en pocas horas, se casaría con Sebastián.
Las mesas estaban preparadas, flores blancas adornaban el pasillo que conducía al altar y el personal terminaba de colocar las últimas luces. Todo parecía estar listo.
Todo, excepto Valeria.
Valeria había sido su mejor amiga desde que tenían doce años. Habían estudiado juntas, compartido secretos y se mantuvieron muy unidas, a pesar de que la vida las había llevado por caminos diferentes. Por eso, Elena la había invitado a ser su dama de honor.
La noche anterior, Valeria se había quedado en casa de Elena para ayudar con los preparativos. Sin embargo, aquella mañana, nadie sabía dónde estaba.
Al principio, Elena pensó que había salido a hacer un encargo. Valeria siempre intentaba resolver problemas antes de que nadie se diera cuenta. Quizás había ido a comprar flores, medicamentos o algo que había olvidado.
Pero pasaron treinta minutos sin que volviera.
Elena cogió el teléfono y la llamó. La llamada se dirigió inmediatamente al buzón de voz. Lo intentó de nuevo, pero sin éxito.
Probablemente se le murió la batería, dijo la madre de Elena, mientras alisaba el vestido en la cama. No te preocupes. Estará aquí antes de la ceremonia.
Elena quería creerle. Valeria nunca se perdería un momento tan importante.
Al entrar en el baño, encontró el vestido de dama de honor colgado detrás de la puerta. Los zapatos estaban debajo del lavabo y el bolso en una silla. Estaba claro que su amiga no tenía intención de tardar mucho.
Entonces, notó un pequeño papel doblado cerca del espejo.
Su nombre estaba escrito.
Elena reconoció inmediatamente la letra de Valeria.
Abrió la nota y leyó:
Elena, perdóname. No puedo quedarme quieta mirándote cometer el mismo error que yo. Si quieres saber la verdad, busca la caja azul. No confíes en nadie hasta que la encuentres.
Elena sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Releyó el mensaje tres veces. No entendía a qué error se refería Valeria, ni dónde debía buscar la caja. Tampoco entendía por qué decía que no confiara en nadie.
Guardó la nota antes de que su madre la viera.
—¿Has encontrado algo? —preguntó su madre desde la habitación.
—No —respondió Elena—. Solo estaba comprobando si había dejado el teléfono.
No sabía por qué había mentido. Quizás porque la advertencia de Valeria había despertado una sospecha que aún no podía explicar.
Mientras su madre iba a hablar con los organizadores, Elena buscaba entre las pertenencias de su amiga. El teléfono no estaba, pero halló las llaves del automóvil. Esto significaba que Valeria probablemente había salido caminando o con alguien.
La casa estaba a varios kilómetros del pueblo. No había tiendas ni transporte público cerca.
Elena bajó al estacionamiento. El automóvil de Valeria todavía estaba allí.
Un mal presentimiento la invadió.
Buscó a Sebastián, pero le dijeron que estaba con su hermano en una de las habitaciones de abajo. Antes de ir a verle, Elena escuchó una discusión detrás de una puerta.
—Te dije que no le hablaras —dijo Sebastián.
—No hice nada —respondió su hermano Martín—. Valeria empezó a hacer preguntas.
Elena se quedó helada.
—Ahora ya no está y todo el mundo la busca —continuó Martín—. Deberíamos haber dicho la verdad desde el principio.
—Cállate —ordenó Sebastián—. Elena no puede enterarse hoy.
El corazón de Elena empezó a latir con fuerza. Dio un paso atrás antes de que nadie pudiera abrir la puerta y regresó a su habitación.
La nota ya no estaba en su bolso.
Revisó todos los compartimentos, vació sus pertenencias en la cama y buscó bajo los muebles. Había guardado la nota hacía pocos minutos. Alguien debió entrar mientras bajaba al estacionamiento y se la había llevado.
En ese momento, entendió las palabras de Valeria: no podía confiar en nadie.
Elena cerró la puerta e intentó recordar si había visto alguna caja azul durante los preparativos. Había decenas de cajas en la casa, llenas de flores, regalos y decoraciones, pero ninguna destacaba por su color.
Entonces recordó una conversación que tuvieron unas semanas antes.
Valeria le había preguntado qué había hecho con las pertenencias de su padre. Había muerto seis años antes, y la mayoría de sus pertenencias todavía estaban guardadas en un pequeño cobertizo detrás de la casa familiar.
Hay algunas cosas que deberías comprobar antes de casarte, le dijo.
Elena pensó que se refería a las fotografías familiares que quería utilizar en la recepción. Nunca volvió a mencionar el tema.
Sin decir nada a nadie, se quitó los zapatos, cubrió el vestido con una bata y salió por la puerta trasera. El depósito estaba a pocos metros del jardín.
Buscó entre los muebles viejos, las maletas y las cajas llenas de polvo. Dentro, encontró un pequeño baúl azul que recordaba haber visto durante su infancia.
Dentro había fotografías, documentos y varias cartas dirigidas a su padre. Elena las examinó rápidamente hasta encontrar un sobre reciente. No tenía sello y estaba dirigido a Valeria.
La carta había sido escrita por Martín, el hermano de Sebastián.
Valeria: Ya no puedo seguir ocultándolo. Sebastián sabe lo que ocurrió aquella noche. Él conducía, pero permitió que Gabriel asumiera la culpa. Elena nunca supo que su padre también estaba allí. Si vas a contarle la verdad, hazlo antes de la boda.
Las manos de Elena empezaron a temblar.
Seis años atrás, su padre había fallecido en un accidente automovilístico. La policía concluyó que otro conductor había invadido el carril contrario y huyó del lugar de los hechos. Unos días después, un joven llamado Gabriel se entregó y fue condenado.
Elena no sabía que Gabriel era el hermano de Valeria.
Su amiga le había dicho que tenía un hermano, pero que llevaba años sin verlo. Elena nunca había relacionado ambos nombres. Dentro de la caja también había una fotografía tomada la noche del accidente. Sebastián aparecía junto al automóvil que, según los informes, conducía Gabriel. En el reverso de la fotografía estaban escritas una hora y una dirección.
Elena sentía como si todo lo que creía saber se derrumbara.
Oyó pasos afuera del depósito y escondió la carta en el vestido.
La puerta se abrió.
Sebastián apareció delante de ella.
—Todo el mundo te busca —dijo mientras miraba el baúl—. ¿Qué haces aquí?
Elena escondió la fotografía detrás de su espalda.
—Estaba buscando algo que pertenecía a mi padre.
Sebastián entró y cerró la puerta.
—No deberías estar aquí. La ceremonia comienza en menos de una hora.
—¿Dónde está Valeria?
Evitó mirarla.
—Ya he dicho que no sé.
—Te he oído hablar con Martín.
La expresión de Sebastián cambió. Durante unos segundos, dejó de ser el hombre amable y tranquilo con el que Elena había compartido los últimos cuatro años.
—No entendiste lo que escuchaste.
—Entonces explícamelo.
Sebastián se acercó.
—Valeria está confundida. Lleva semanas inventando historias porque no quiere que nos casemos.
—¿Por qué no quiere que nos casemos?
—Porque está obsesionada con el pasado.
Elena sacó la fotografía.
Sebastián permaneció en silencio.
—¿Conducías ese automóvil la noche que murió mi padre?
—No es lo que piensas.
—Respóndeme.
Sebastián miró fijamente la puerta, como si calculara cuánto tiempo le quedaba antes de que llegara alguien.
—Fue un accidente —admitió finalmente—. Yo era joven. Había bebido y perdí el control. Gabriel viajaba conmigo.
—Él ya tenía antecedentes y pensó que la policía nunca creería su versión.
—¿Me estás diciendo que aceptó ir a la cárcel por ti?
—Mi familia le dio dinero. Prometimos ayudarlo cuando saliera.
Elena sintió náuseas.
—¿Y todos estos años me dejaste creer que no sabías nada?
—Me enamoré de ti antes de saber quién eras.
—Pero lo descubriste.
Sebastián no respondió.
Elena entendió entonces por qué Valeria había desaparecido. Había descubierto que su mejor amiga se casaría con el hombre responsable de la muerte de su padre.
—¿Dónde está? —preguntó nuevamente.
—No sé. Discutimos anoche. Le pedí que esperara hasta después de la boda.
—¿La amenazaste?
—Solo intenté hacerla entrar en razón.
La puerta del depósito se abrió de repente. Martín apareció, acompañado de la madre de Elena.
—Debemos llamar a la policía —dijo Martín—. Encontraron el teléfono de Valeria cerca de la carretera.
Elena corrió hacia él.
—¿Dónde?
—A menos de un kilómetro de aquí. La pantalla está rota y hay sangre en la parte trasera.
Sebastián palideció.
—Eso no significa nada, dijo.
—Significa que tenemos que encontrarla —respondió Elena.
Sin pensar en la ceremonia ni en los invitados, corrió hacia la carretera. Su madre intentó detenerla, pero Elena continuó, agarrándose el vestido con las manos.
Varias personas empezaron a buscar por la zona. Martín llamó a la policía mientras Sebastián permaneció cerca de la casa, hablando por teléfono.
Elena encontró uno de los zapatos de Valeria junto a un camino de tierra. Más allá, unas huellas conducían a una construcción abandonada.
A medida que se acercaba, escuchó unos golpes desde dentro.
—¡Valeria! —gritó.
Los golpes continuaron.
La puerta estaba cerrada desde fuera con una cadena. Martín logró forzar la cerradura con una herramienta que había tomado del automóvil.
Valeria estaba dentro. Tenía una herida en la frente y las manos atadas.
Elena se arrodilló a su lado.
—¿Quién te ha hecho esto?
Valeria miró la entrada y empezó a llorar.
—No ha sido Sebastián —respondió—. Ha sido tu mamá.
Elena sintió cómo el suelo le cedía bajo los pies.
Su madre permanecía detrás de ellos.
—Lo hice para protegerte —dijo con una calma escalofriante—. Sebastián estaba dispuesto a compensar todo lo ocurrido. Su familia pagaría nuestras deudas y finalmente tendrías la vida que merecías.
—¿Sabías la verdad? —preguntó Elena.
—Durante meses.
Valeria intentó advertirle durante la noche, pero la madre de Elena oyó la conversación. Esperó a que todo el mundo se durmiera, la convenció de marcharse y la encerró dentro para evitar que interrumpiera la boda. Cuando regresó, encontró la nota y la retiró del bolso de su hija, sin darse cuenta de que Elena ya la había leído.
Se oyeron sirenas a la distancia.
Sebastián intentó salir de la propiedad, pero dos trabajadores bloquearon la entrada antes de que pudiera. La policía lo detuvo, junto con la madre de Elena. Martín les entregó las cartas, la fotografía y los mensajes que había guardado durante años.
La ceremonia nunca se celebró.
Horas más tarde, cuando los invitados ya se habían marchado y el jardín estaba desierto, Elena se sentó junto a Valeria en las escaleras de la casa. Permanecieron en silencio durante unos minutos.
—¿Por qué nunca me dijiste que Gabriel era tu hermano? —preguntó Elena.
—Porque sentía vergüenza —respondió Valeria—. Pensaba que había causado la muerte de tu padre. Cuando descubrí la verdad, ya no supe cómo mirarte a los ojos.
—Podrías haberte ido sin dejarme esa nota.
Valeria negó con la cabeza.
—No podía dejar que te casaras sin saber la verdad.
Elena miró las flores, las mesas vacías y el altar donde había estado a punto de prometerle su vida a un hombre que llevaba años engañándola durante años.
Cogió la mano de su amiga.
Ese día, no perdió una boda. Perdió la vida que creía conocer.
Pero también recuperó algo que casi había desaparecido para siempre: la única amistad que había intentado protegerla cuando todos los demás optaron por permanecer en silencio.

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